¡Arranca el Pekín Express!
Todos los presentadores de Pekín Express
Siempre me lo digo antes de irme de viaje. De hecho… Antes de este viaje ni siquiera me dio tiempo a decírmelo. Vaya.
Todo era muy repentino. Como ya mencioné, estuve descansando en la estantería en mi tienda, donde las horas eran interminables cuando de pronto llegó el golpe fuerte sobre el escaner y ya estuve en el maletero. Fue literalmente una cita forzada, ni siquiera me arreglé, pero no sé porqué, no sé cuándo, nos caimos muy bien con mi nueva dueña a la primera vista y ya nunca jamás se me ocurrió llamarla así. Ahora es Bar, es mi amiga. Mi mejor amiga.
Llegamos a una de nuestras bases, la casa original de Barbora. Allí metió unos cuantos chandales, camisetas, alguna cosmética, su gorra de streetstyle, las botas de senderismo y me puso de pie en el pasillo. “¡Vamos!” Gritó el padre de Bar. Ella me cogió por el brazo y yo en este momento sentí que le podía confiar en todo. Estamos aquí una para la otra. Arrancamos.
I am on the Hiiiiiiighway to HELL! Pam PAM! Hiiiiiighway to Hell.
Highway to Hell, ACDC

Sonaba en el coche, las ventanillas bajadas, cada uno moviendo con su cabeza como si asintiera cada una de las palabras que gritaba el cantante de ACDC. El pelo de Bar volaba en el aire, tan solo la gorra de streetstyle le daba un poco de forma. Eran las cinco de la mañana, el cinco de septiembre. Se alteraban las canciones de rock, una tras otra, el estado de ánimo cambiaba con el ritmo de los beats que indicaban las canciones. Además, para ser sincera, la hora era muy temprana, pero teniendo en cuenta de que teníamos previsto llegar a Croacia desde Eslovaquia para aprovechar también algo del día, no nos quedaba otra. Y en la buena compañía merece la pena madrugar. Y para las aventuras todavía más.
El viaje era tan suave que nadie se fijaba en que íbamos cruzando las fronteras de Hungria, Eslovenia y… CROACIA. ¡Allí vamos nosotros!
Barbora, encargada de ser la DJ, para subir el ánimo y la esperanza en nuestros corazones, ponía los temazos de rock. Ya no había duda ninguna que nos lo íbamos a pasar de puta madre.
Alguien nos había recomendado de hacer la parada en Varaždin, una ciudad en el norte de Croacia, bastante cerca de la fronteras, de camino a nuestro destino final. ¿Y por qué no? El único plan que teníamos fijo era la visita del parque nacional de Plitvice al día siguiente y también teníamos cinco días disponibles para “lo que surja”. Lo que nos salga de… ¡cabeza!
Varaždin es una ciudad donde… ¿Cómo decirlo? Hm… Dejadme pensar…. ¡Os lo describo! ¿Sabéis como en las películas de oeste para señalar que no hay literalmente nada, al soplar un poco el viento, de repente aparece una bola de paja volando por delante del protagonista? Pues, era básicamente eso. Nosotros. Una ciudad pequeña, en teoría muy mona, con los edificios barrocos y una arquitectura clara. Limpia. Tranquila. Sofisticada.
Varaždin es la capital de la provincia. Está ubicada cerca del río Drava. A lo largo de la historia se ha formado en un lugar industrial, ahora es una de las ciudades de seda de mejor calidad. Además de esto, como he mencionado, hay muchos edificios barrocos dentro de lo cual cabe mencionar el Teatro Nacional Croata, diseñado por los arquitectos austríacos Herman Helmer y Ferdinand Fellner. La ciudad tiene hasta ahora las bases militares, por lo tanto, una de los eventos “must-see” es la alteración de las guardias de la ciudad, denominadas Purgari.
Dando una vuelta por allí, nos fascinaba la tranquilidad del alrededor. La verdad es que se podía apreciar el silencio. Si uno quiere vivir en una ciudad donde lo tiene teoreticamente todo, pero tampoco hay mucha movida, quiere quedarse tranquilo con sus pensamientos e ideas, o quizás solo con su media naranja, con la que irá de vez en cuando a disfrutar de buen tiempo y clima croata a las calles – pues Varaždin es el perfecto lugar para esa persona. Pero si eres un elemento hiperactivo como Bar, o yo a su lado… Date una vuelta por allí, come y vete.
Hablando de la comida. Nos encanta a toda la tripulación, por eso en cada viaje buscamos un cielo en la boca. ¿No entiendes? Buscamos la comida que nos deje sin palabras. Sabrosa. Rica. Buenísima.
Los croatas son unos campeones en la barbacoa. O por lo menos para mí. No nos dejamos escapar su plaato típico “plieskavica”, un tipo de carne a la parrilla. Con salsas, con su pan especial. Os juro que el restaurante me hizo a pensar que quizás me podría quedar hasta una semana en Varaždin. Pero al bajarme una cervecita negra, Karlovačko, con cerezas, me lo volví a pensar.
Es que nos esperan Plitvice, hay que seguir…










Muy bueno.
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