La verdad es que subió al bus un club geriátrico de abuelitos, tres o cuatro princesas de Instagram con sus faldas y chaquetas de vaqueros acompañadas por sus novios que siempre tenía una cámara colgada en su cuello para sacarle a su querida las mejores fotos para las redes sociales. Y luego nosotros. Con los impermeables, pero aún así mojados hasta el último hilo de nuestra prenda, cansados un poco, pensando en qué podríamos hacer después de salir del parque, ya que aparentemente nos acercábamos al final de la aventura de los apaches. El viaje tardó unos diez minutos, más o menos era el resumen de lo visto.
“Podíamos haber cogido el bus antes y no teníamos que haber acabado mojados como unos imbéciles, jaja, ¿a qué sí?” soltó de broma el Creador. La respuesta de la hija era solo una mirada bastante firme, aquella que si pudiese, mataría.
Bajamos del bus en la estación uno, había solo un edificio grande, por debajo del techo se colocó ese club de jubilados para dejar descansar un poco sus articulaciones y tomar trescientas mil píldoras.
“ ¿Vamos por allí?” preguntó Bar, señalando un camino que iba hacia abajo. “Dios, pero entonces si bajamos, significa que tendremos que subir luego,” lanzó otro medio chiste el padre. “Algo me dice que sí. No sé porqué tengo esa sensación…” “Espero que al hacerte este favor, no me meterás en la residencia de los jubilados…” “Hm, un día seguramente sí, pero quizás si me haces este favor y bajas sin quejarte, te meteré allí un mes más tarde de lo previsto,” respondió con mucho cariño la hija.
Bastaba con andar unos cinco minutos, ni eso, y ya entendieron porqué no había casi nadie en la parte anterior. Lo que se les develó, aunque estaba casi tan lleno como el Puente de Carlos en Praga, era una maravilla. No. Lo siguiente. El verde que te quiero verde. El turquesa marcado por las hojas verdes. Las rocas majestuosas. Las cascadas grandísimas. El murmullo de agua. Y la banda sonora de Winnetou en nuestras orejas.



Conforme íbamos descendiendo las escaleras, con cada paso Zobko paraba para congelar esa imagen para siempre. Para grabarla en su mente y no dejarla ir nunca más. “Dios mío, el photoshop no me va a creer esta maravilla,” se le ocurría.
Imbécil. Esto no necesita ningún photoshop.
Me quedé un poco flipando de que acabáramos en un atasco. De verdad. No os miento si os digo que los semáforos naturales serían una idea bastante revolucionaria para este parque, porque el tráfico es peor que en la capital por la mañana durante los días laborales. Obviamente, toda la Asia estaba allí mudada y con sus cámaras demasiado profesionales estaban sacando las fotos de todo y de nada. Un profesional diría al ver a esos japoneses sacando las fotos, que ni siquiera estaban mirando en el visor que acababan de grabar.

Luego, todos los influecers de instagram necesitaban tener allí una serie de fotosesiones para tener un número de followers más elevado.
Y los normales, nosotros, ni siquiera tuvimos el tiempo de darnos cuenta de ese placer de respirar tranquilamente bajo las cascadas, dejar de sonar toda la banda sonora de Winnetou en nuestros oídos, ni siquiera nos dio tiempo darnos cuenta de la suerte que teníamos de estar allí y ver algo tan magnífico, lleno de colores pese a un día muy malo, algo tan llamativo y memorable.




Sinceramente, lo que me encantaría de verdad es sentarse con calma allí, en el culo, en el suelo, y solo mirar, ver la caída del agua desde arriba. Como ver la televisión. Netflix. A Zobko le encantaría pararse, grabar los vídeos, el slow-motion, las fotos con larga exposición, con corta exposición. Probarlo todo. Con efecto, sin efecto. PERO NO, porque había allí la gente de todo el mundo esperando hasta que los bandos asiáticos destruyeran las fotos de todos en el fondo.

Nos tuvimos que marchar rápido, porque la cola parecía cada vez más larga. Bar se despidió de los lagos azules, de la flora brillante del alrededor con mucha prisa, promitiéndose a sí misma que un día seguramente iba a volver. Esta vez con el sol. Y yo ya me apunté para acompañarla.
A la vuelta nos fascinaban las personas que andaban por delante de nosotros. En sandalias. En mocasines. En bailarinas.
Y nosotros gilipollas, con los zapatos de turismo, con los impermeables puestos.
Y ahora piensa, ¿quién es el imbécil real?
Mis queridos aventureros iban subiendo de vuelta, sin hablar. No les quedaban palabras. Tampoco les quedaba el tiempo, porque de pronto de puso a llover triple más tanto de lo que llovía. Casi subían corriendo. En ese momento Barbora giró hacia su padre, que la seguía, teniendo miedo que al llegar hasta el coche, le iba a pegar un par de hostias por ir corriendo. Pensaba que iba a tener aquella mirada firme de matar. Pero él subía, sin los comentarios sarcásticos, sin el odio en los ojos, tranquilo.
El aparcamiento. Se cambiaron la ropa, se sentaron en el coche y por primera vez se miraron en los ojos.
ESTO. HA. SIDO. DE. PUTA. MADRE!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!






















































