#PlitviceLakes: Cuando ya no quedan palabras

Entonces, ¿dónde lo dejé en aquel momento? Ah, ya me acuerdo. Os conté cómo Bar, su padre, Zobko y yo salimos del parque nacional. Al llegar al coche, mojados hasta el último hilo, nos cambiamos ropa y nos sentamos en el coche. Tardamos un par de minutos hasta arrancar el coche, simplemente porque lo que sentíamos por dentro era literalmente un éxtasis.  Una satisfacción enorme, una gratitud. Nos sentíamos bendecidos por haber podido ir por detrás del apache Winnetou.

Radko giró la llave y de pronto salieron del aparcamiento.

“¿Qué piensas?” pregunta el padre. “Buah, es que no me quedan palabras,” respondió Bar, abrazando su cámara, echando un vistazo a las capturas tan preciosas que había sacado en el parque nacional. “A qué sí? Pero de verdad me parece raro que ahora no hables. ¡Se te acaba de cumplir un sueño! ¿Qué sientes?” “Felicidad. Una felicidad tan fuerte como nunca antes en mi vida.”

Si os dais cuenta, es muy fuerte sentir algo así teniendo en cuenta todas las cosas bonitas que pasan en la vida de una persona. Primeros amores, pasar momentos con tus mejores amigos, alcanzar grandes cosas… Pese a todos aquellos momentos tan hermosos que le sucedieron en la vida de mi amiga, ella sentía algo tan fuerte que se atrevía a llamarlo una felicidad como nunca antes.

Los aventureros pararon en un restaurante para comer, para recargar las baterías después de todo el día de senderismo. En el restaurante comiendo chuletas como unos cerdos desgraciados apenas pronunciaron una palabra. Pagaron, se levantaron y siguieron en su viaje al camping.

No sé si os ha pasado alguna vez, pero Bar siempre al acabar alguna de sus rutas se pone filosófica. Quién somos, adónde vamos, por qué vivimos. Mira una y otra vez las fotos que ha sacado y a veces se pone nerviosa por no haber repetido alguna foto y por haber tenido prisa. A veces se empieza a odiar por no haber llevado un trípode.

Al llegar a su tienda de campaña, sacó las sillas de pescadores delante de su alojamiento de cinco estrellas, sacó dos cerveza, una botella de whiskey y se sentó allí, respirando el aire fresco de la naturaleza. En breves se unió al plan de chill y cervezas su Creador. Seguían los dos sin decir algo. No hacía falta.

Al caerse la tercera cerveza y el segundo chupito de whiskey, por fin encontramos palabras.

“Tío, la primera parte era hermosa y no me arrepiento haberla visto, pero… ¿los lagos turquesa? O sea… Si tengo que imaginarme un día como es el paraíso, digo directamente Plitvice. Es que..” intentaba explicarse Barbora. “Estoy intentando buscar porqué es tan turquesa,” Creador miraba su móvil y googleaba. “Será porque contiene algún elemento químico…” “Seguramente, pero quiero saber cuál.” Llevaban una hora recapitulando su día. “Tía, pero te juro que ya quería irme a casa después de la primera parte, es que era un agobio enorme con tanta lluvia. Pero no te lo quería decir, porque me matarías. Pero luego me espabilé porque me di cuenta de las horas que había conducido solo para llegar a este sitio y me daba pereza acabarlo tan temprano.” “Yo misma ya te iba a proponer de volver al camping porque te veía con una cara que me querías desheredar,” respondió Bar. Zobko y yo solo estábamos callados allí, sin comentar nada. “Ya, es que lo estaba pensando en aquel momento,” tomó una calada el Creador y miraba hacia el cielo lleno de estrellas.

Menos mal que no hubiesen vuelto. Les hubiera pegado. Mucho.

Seguían charlando un par de horas más, cuando empezaron caer unas gotas de lluvia. Por tanto, decidieron de finalizar esta reunión post-viajera y se metieron a la tienda de campaña. Esperando al nuevo día y a la nueva aventura.

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